Historia

Retablo Mayor

retablo

El retablo mayor de la parroquia es una obra de estilo barroco de concepción pre-churrigueresca. Este vendría a reemplazar a otro, posiblemente a semejanza del que preside el presbiterio de la parroquia de san Lorenzo de Valdemaqueda, y que estaría flanqueado por los escudos de armas de Pedro Dávila, que todavía se conservan en la parte posterior. El conjunto actual fue realizado por el arquitecto y ensamblador Juan Gómez Lobo en la ciudad de Toledo, donde este tenía su taller y en cuya archidiócesis se encuentran gran parte de sus trabajos, como es el caso de Los Yébenes, Nambroca, Méntrida, Olías del Rey; y en las iglesias de Navalcarnero (Madrid) y Villacarrillo (Jaén).

Según una escritura de poder fechada el 5 de febrero de 1673, y registrada en la ciudad imperial, Juan Gómez Lobo y Francisco Maganto, este último vecino de Las Navas y afincado en Toledo, sellan el contrato de realización de la obra. En la documentación conservada, se encuentran los plazos en los que tiene que ser llevado a cabo el trabajo, debiendo estar finalizado para el día de san Juan Bautista del año 1674. Plazos que no debieron cumplirse, por lo que el autor tuvo que enfrentar una querella del ayuntamiento navero en 1678, “ya que faltaban dos santos”.

El retablo que podemos contemplar actualmente conserva prácticamente todos los elementos arquitectónicos y decorativos originales. No así las imágenes talladas por Gómez Lobo, ya que fueron destruidas en el año 1936. En cuenta a los cuatro lienzos, desconocemos su autoría, pudiendo haber sido realizados por otros artistas o en algún taller toledano. Para algunas de sus obras recurrió a los pintores José Claudio Antolínez o Antón Van de Pere.

El retablo, que ocupa todo el muro del presbiterio que le sirve de encuadre, está formado por un zócalo o sotobanco de 10 metros de longitud por 1 metro de alto, compuestos por paneles de imitación marmórea. Sobre este, se articula la obra dividida en dos pisos, ático y cinco calles.

En el primer piso, destaca en el centro una tabla, no perteneciente en origen al retablo actual, aunque pudiera pertenecer al anterior, en la que se representa a san Blas, obispo de Sebaste en Armenia, vestido con los atributos episcopales y sentado en su cátedra. Al fondo, se observa cómo una mujer se acerca a la cárcel en la que se encontraba el santo para hacer la ofrenda de una cabeza de cerdo y las pezuñas, en agradecimiento por el milagro obrado en su favor. A ambos lados, observamos dos lienzos que representan escenas del Evangelio de la infancia de Jesús según el relato de san Lucas: la Anunciación, en la que observamos en primer plano cómo el Ángel Gabriel se acerca a María, que se encuentra leyendo y le traslada el mensaje de Dios; y, en un segundo plano, en el ángulo superior izquierdo, contemplamos al Padre, representado como un anciano, enviando al Espíritu Santo en apariencia de paloma, para que el Verbo se haga carne en el seno de María. El otro lienzo está dedicado a la Adoración de los Pastores. Bajo una arquitectura de tablas y maderas que representa el portal de Belén, contemplamos a María mostrando entre lienzos a Jesús a los pastores. Con actitud humilde, uno se quita el sombrero, otro se inclina, y otro, arrodillado, ofrece un cordero. Entre medias de la escena se cuela la cabeza del buey. San José contempla todo desde detrás de la Virgen. En los extremos observamos dos imágenes, san Pedro a la izquierda, apoyando su pie sobre una roca y con las llaves en las manos, haciendo alusión al mandato de Cristo: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y te daré las llaves del reino de los Cielos”, y Pablo, el Apóstol de las gentes, a la derecha, sosteniendo el libro en alusión a las muchas cartas que escribió. Pedro y Pablo son considerados las columnas de la Iglesia. Estas dos imágenes no son originales del retablo, proviniendo posiblemente del antiguo Convento de san Pablo y santo Domingo. Creemos que un su lugar debían encontrarse las imágenes de san José y la Virgen María, enmarcando los misterios de la infancia de Jesús.

Si continuamos elevando la mirada, nos encontramos con el segundo piso, el que más espacio ocupa. En el centro observamos la imagen de san Juan Bautista, titular de la parroquia, vestido con piel de camello, con el Cordero a sus pies y el dedo en alto. Es la representación de Juan como profeta, encargado de preparar el camino a Cristo y de señalarlo en medio del pueblo como Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. La imagen actual no es la original. Lo podemos reconocer no solo en el estilo, sino también en la “sombra” del fondo de la hornacina que se corresponde con la que talló Gómez Lobo. Al igual que sucede en el primer piso, también nos encontramos con dos lienzos que representan dos de los momentos más importantes de la vida del Bautista. A la izquierda, el Bautismo de Jesús, en el que observamos en primer plano al Hijo de Dios bajando al río Jordán para ser bautizado por su primo. Jesús, en actitud humilde, recibe un bautismo que no necesitaba, pero por el que quiso pasar para parecerse en todos a sus hermanos, a nosotros. Llama la atención cómo un ángel asiste al acontecimiento sosteniendo las ropas de Cristo. En un segundo plano, al igual que en el cuadro de la Anunciación, contemplamos en el ángulo superior izquierdo al Padre que declara a Jesús como su Hijo amado y al Espíritu descender sobre Jesús, también en forma de paloma. A la derecha del Precursor, contemplamos el lienzo de la degollación, en el que se representa la escena evangélica de la decapitación de Juan. En el lienzo podemos observar en escorzo el cuerpo del Bautista, tirado por el suelo, mientras que Salomé sostiene en primer plano la cabeza en una bandeja, dialogando con complicidad con su madre. En los extremos de este segundo piso nos encontramos con otras dos tallas de bulto redondo, son san Luis Gonzaga, con el crucifijo en las manos y san Estanislao de Kostka, con el niño Jesús. Ambos pertenecientes a la Compañía de Jesús. Como sucede más abajo, estas imágenes tampoco son originales del retablo, y estarían ocupando el lugar que, en el origen, posiblemente, correspondería a Isabel y Zacarías, padres de Juan. En este segundo piso del retablo, llaman la atención las seis grandes columnas salomónicas, que definen el estilo de la obra y que sirven de separación entre las distintas calles.

Antes de abandonar este piso, dos curiosidades. En primer lugar, sin nos fijamos en el pedestal que sostiene la imagen de san Juan, podremos observar un pequeño óleo sobre tabla que representa a san Cristóbal portando sobre su hombro al niño Jesús. Igualmente, nos podemos fijar en la cruz, que como si de escudo se tratara, remata la hornacina central. Es la cruz de la orden de los Hermanos Hospitalarios de san Juan de Jerusalén, muy unida a la figura del Bautista. Y finalmente, contemplamos el ático en cuya calle central observamos un Crucificado de gran belleza. Se trata de un Cristo de transición, como podemos observar en la posición de los brazos y piernas. Está policromado imitando el marfil. La talla, que se encuentra sobre un fondo que representa a Jerusalén, como el resto de tallas, tampoco pertenece al retablo; proviene del antiguo convento. Por último, como colofón de la obra, observamos la imagen del Padre eterno, representado como un anciano que sostiene en su mano izquierda el orbe del mundo y bendiciendo con la derecha. Flanqueándole a ambos lados, podemos contemplar dos imágenes femeninas tumbadas. Representan dos virtudes: a la izquierda la Fe, con los ojos vendados y sosteniendo en una mano la cruz y en otra la Eucaristía, y la de la derecha, por falta de atributos, desconocemos si se trata de la Esperanza o la Caridad. El retablo de la parroquia de san Juan Bautista de Las Navas del Marqués, considerada “pionera” del barroco en la tierra de Pinares, pese a haber perdido parte de sus elementos, es una obra realmente magnífica por su finura y sus dimensiones.

Descripción

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